Me he convertido en una chica cactus.

Una de esas que pinchan al tocarlas,

que azotan con cada palabra

porque están tan rotas que cortan,

cada trozo de su alma corta como un cristal.

 

Me han hecho tanto daño

que me cuesta respirar tranquila,

no alterarme con los contratiempos

o no sentirme atacada por todos.

 

Cada púa lastima, se clava en la piel,

y me recuerda constantemente

todo el dolor, todas las lágrimas,

cada noche en vela a solas con mi almohada.