Nos dijiste adiós mientras tu mirada gris y dulce se apagaba. Tenías más de cien años, tantos como arrugas cubrían tus manos y tu preciosa sonrisa, ésa que tanto me reconfortaba cuando me la dedicabas.

No puedo decir que me dolió tu muerte, pero sí me dio mucha pena, eras la única persona capaz de hacerme sonreír con sólo mirarme. Eras mi persona favorita en el mundo.

Lo eras por todo lo que me aportabas, por nuestras partidas de briska, por los sustos que te daba para hacerte reír, por las tardes en el Cantón comiendo churros, por la dulzura con la que me cogías de la mano y me sonreías cuando no escuchabas bien, por lo coqueta que eras. Lo eras por todo lo bueno que tenías.

Recuerdo nuestra última conversación, todos sabíamos que te ibas y tú misma lo notabas,  habías dicho que ya era hora de irse, que ya habías vivido todo. ¿Recuerdas aquel momento? Estábamos en el jardín y empezaste a hablarme de tu vida, contándome todos los detalles, cuándo te casaste, cómo era todo cuando eras pequeña, me hablaste de tu familia, del bisabuelo y de tus hermanos. Me dijiste que tenías muchas ganas de volver a verlos. Sabías que quedaba muy poco.

Nuestras últimas palabras fueron “quérote”, “e eu a ti”. Me van a acompañar para siempre como nuestro último recuerdo, como la mejor de las despedidas.

Te echo de menos Puriña.